Ni todos los recuerdos fueron cenizas, ni todas las cenizas polvo...
lunes, 12 de marzo de 2012
Pequeña narración
Como cada semana, me situé en frente del espejo. Peiné mis cabellos, me coloqué una larga bufanda sobre el cuello y un gorro de lana con el que apenas se distinguía mi nariz, mis ojos y mis mejillas.
Me apresuré antes de que llegara la noche a mis tardes y a la poesía.
Eran las seis de la tarde justo cuando las campanas de una iglesia persistían con ese dulce repicar que tantos recuerdos invaden mi cabeza.
La gente pasa inexpresiva por la calle y yo, mientras tanto, me siento junto a la catedral.
Un tumulto de miradas nostálgicas, enamoradas, amargadas, se convierten en la musa de mi inspiración.
Saco una libreta y un lápiz y comienzo a escribir un hilo interminable de palabras y versos.
En una de mis pautas, mi mirada se concentra totalmente en otra mirada, diferente, llena de vida, de expresión, algo que rompía dentro de mi cabeza los esquemas rutinarios de cada persona.
Una carrera de sombras se desplazaban a mi alrededor, pero sólamente una, era capaz de mantenerme espectante, sin palabras, hundida en un verdor profundo lleno de emociones.
Mi respiración se vuelve corta y precipitada y mi lápiz deja de escribir durante un largo espacio de tiempo.
Parece que ya nada ocurre a mi alrededor, estoy sumergida, atónita ante el contraste de quizás, los ojos más bellos que pudiera haber visto hasta entonces, contra la triste rutina que describe el invierno y el frío que lo preside.
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